Cuando lo perdí de vista empecé a saltar como una niña
pequeña. Dani sabía quien era, recordaba ese día, me recordaba a mí.
Cogí el coche y fui en busca de Irene para dirigirnos al
aeropuerto. Nada más subirse al coche le conté lo sucedido.
Yo: ¿a que no sabes quien estaba hoy en el aparcamiento de
los estudios?
Irene: ¿Quién? –intrigada.
Yo: Dani.
Irene: pues ya ves tú que novedad, si Dani trabaja contigo
¿no? –pensaba que me refería a Mateo.
Yo: no hablo de Mateo, si no, del otro Dani –la sonrisa se
dibujo en su rostro, ahora sabía perfectamente a quien me refería.
Irene: ¿y has hablado con él?
Le conté toda la conversación con lujo de detalles. Esos
detalles que solo cuentas a tu mejor amiga, las veces que agachó la mirada, las
veces que sonrió, las veces que me miró… absolutamente todo. Al concluir
únicamente me dijo.
Irene: creo que el próximo día, como siempre terminas antes,
deberías estar tú en el aparcamiento de sus estudios.
Yo: -riendo –el problema es que yo no tengo excusa, no
conozco a nadie por ahí.
Irene: ¿Quién ha dicho que sean necesarias las excusas?
Después de un fin de semana de absoluto relax. Después de
pasar la mañana del lunes haciendo un reportaje por las calles de Madrid.
Después de presentarlo en el programa. Después de dudar que hacer allí estaba
yo.
Aparcando mi coche en Alcalá 518, donde Dani trabajaba de lunes
a viernes. Permanecí dentro del coche esperando a que él saliera. Lo tenía todo
planeado, saqué de mi monedero el retrato que le hice justo el día que le
conocí, apunte mi número en el dorso e intente quitarle un poco las arrugas.
A las 5.40 lo vi salir por la puerta y por suerte iba solo.
Salí del coche y con paso ligero fui alcanzarle. Él todavía no me había visto y
yo le seguí hasta su coche. Una ves estaba a punto de abrir la puerta hice
exactamente lo mismo que él el día anterior.
Yo: hola, Dani Martínez –a través de la ventanilla, que
actuaba como espejo por los rayos de sol, pude ver como esboza una sonría y se
mordía ligeramente el labio. Hasta que se dio la vuelta poco a poco.
Dani: hola, Cristina Pedroche –esta vez la que se mordió el
labio fui yo - ¿a quien vienes a visitar?
Yo: -no pude aguantar su mirada, era demasiado intensa, así
que mira para otro lado –simplemente he venido aclararte algo.
Dani: -cruzándose de brazos y apoyándose en su coche –tú
dirás.
Yo: te equivocas –me miró desconcertado –no diré nada. Toma
–entregándole mi retrato.
Antes de que él lo viera ya me estaba dirigiendo a mi coche
avergonzada. Así que desconozco su reacción al ver el dibujo.
No se porque pero ya no caminaba tan decidida como
antes, mis pasos cada vez eran más
pequeños, mi velocidad iba reduciéndose.
Había un razón muy sencilla por la cual caminaba tan
despacio y era porque tenía la esperanza que tras ver el dibujo Dani iba a
salir detrás mio. Para detenerme, para que le explicará que era ese dibujo.
Pero por mas despacio que caminará, por más largo que intentaba hacer el camino
hacia mi coche, nadie me detuvo.
Cuando por fin llegué a mi coche, antes de abrir la puerta
empezaron a llamar a mi móvil. Supuse que era Irene que quería preguntarme por
mi encuentro con Dani, pero dado que había sido un fracaso decidí no
contestarle.
Subí al coche y cuando estaba a punto de arrancar volvieron
a llamarme. Esta vez decidí cogerlo, pero antes comprobé que era un número
desconocido.
Yo: ¿si?
*: ¿Te apetece ir al cine?
Yo: ¿Quién eres? –intrigada.
Nadie me contesto, pero alguien golpeó la ventanilla del
copiloto. Miré asustada y lo vi. En una mano tenía el móvil, indicándome que el
de la llamada era él y en la otra tenía su retrato hecho por mí.
Después de agachar la mirada avergonzada, decidí abrirle la
puerta. Él se sentó con su sonrisa a mi lado, en el asiento del copiloto.
Dani: espero que seas una buena conductora –sonriendo
pícaramente.
Yo: si no te fías de mi puedes irte en tu coche –retándole
con la mirada.
Dani: tranquila, así será más divertido.
Arranqué el coche y puse dirección al cine más cercano.
Desconociendo todo lo que podría pasar esa tarde pero imaginando millones de
cosas.
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