jueves, 3 de mayo de 2012

capítulo 1: un día cualquiera



Antes de empezar a contarte mi historia déjame que te haga un par de preguntas: ¿Crees en el amor? Es más ¿Crees en el amor a primera vista? ¿Crees que una mañana de un día cualquiera puede que cruces tu mirada con un desconocido y esa mirada signifique para ti más que todas las historias vividas hasta el momento? ¿Crees en la magia?

Desconozco tus respuestas, pero en el caso que tu respuesta alguna de mis preguntas sea “no” estoy segura que al contarte mi historia cambiaras de opinión…

2009

Me llamo Cristina, Cristina Pedroche, tengo 21 años y estoy estudiando Admistración y dirección de empresas y turismo. Ahora mismo me dirijo hacía casa de mi amiga Irene, ya que, estamos en época de exámenes y vamos juntas a la universidad.

Al llegar Irene me esta esperando en su portal, nada más verla intuyo que está casi tan nerviosa como yo. Estamos en noviembre y estamos a punto de presentarnos al primer final del semestre.

Reconozco que yo lo tengo un poco más fácil que ella, debido a que después de cumplir mi primer año en la universidad, empecé otra nueva carrera y a partir de ahí voy haciendo asignaturas suelta. La verdad es que no me corre mucha prisa acabar la carrera, prefiero ir despacio y así poder compaginar mis estudios con el trabajo.

En el mundo laboral he conseguido hacer alguna que otra campaña publicitaria, pero lo que de verdad me gustaría sería poder estar en televisión ¿os imagináis? Ver mi cara todas las tardes por la tele… eso es lo que verdaderamente me haría feliz. Pero soy consciente de lo difícil que es llegar a este mundo, por eso sigo con mis estudios.

Saludó a Irene, nos dedicamos una sonrisa cómplice y nos dirigimos al metro. Cuando llega nuestro metro no hay mucha gente en el vagón así que conseguimos coger asiento.

Durante el trayecto Irene y yo no hablamos casi nada, ambas nada más sentarnos sacamos nuestros apuntes y nos pusimos a dar el último repaso. Ya habría tiempo para hablar después del examen.

Fue entonces, mientras ojeaba mis apuntes cuando noté que alguien me miraba. Alcé la vista y fue en ese preciso instante cuando nuestros ojos se encontraron.

Justo enfrente mio, estaba él. Era un chico joven, no exageradamente guapo pero con un encanto especial. Era moreno, llevaba el pelo despeinado y una gran sonrisa dibuja su cara mientras sus ojos verdes se iluminaban.

Olvide mis apuntes y estuvimos todo el resto del trayecto observándonos, no podía verla pero imagino la cara de idiota que tendría en ese momento.

Lo miraba, sonreía y agachaba la mirada avergonzada pero inmediatamente le volvía a mirar, por más que intentaba no hacerlo era inevitable.

Él hacia exactamente lo mismo, a veces intentaba disimular mirando hacia otro lado, pero sus ojos siempre volvían a encontrarse con los míos.

Estaba tan inmersa en mi mundo que casi no escuché a Irene:
Irene: vamos Cris que ya hemos llegado –no le hacia caso así que me dio un pequeño golpe –Cris.

En ese momento reaccioné, miré a mi amiga, sonreí y me dirigí hacia las puertas del vagón.
Parecerá una locura pero en ese preciso momento mi único deseo era permanecer en ese vagón, justo delante de él todo el día sin que  hiciera falta que me dijera nada.

Cuando salí del vagón, me giré para verle por última vez. Él estaba mirándome a través de la venta, me sonrió y me dijo adiós con la mano, mientras me giñaba un ojo. Yo sonreí todavía más, si se podía, y cuando vi que el metro se iba volví a girarme hacía mi amiga.

Irene: ¿Qué miras?
Yo: nada.

Mentí pero ella no se dio cuenta, estaba tan centrada en el examen que no se daba cuenta de  todo lo que pasaba a su alrededor.

Fue ese día, un día cualquiera. Fue una mirada, una sonrisa que cambió la historia.



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